09 diciembre, 2016

¿Quién les paga?

Un tipo mentiroso, rabioso, manipulador y que hace bandera de su ignorancia ha ganado las últimas elecciones a la presidencia de los Estados Unidos de América. Es decir, le ha votado muchísima gente.

En España, un padre acaba de ingresar en prisión tras recaudar una suma importante de dinero conmoviendo a mucha gente con la historia falsa de la gravísima enfermedad de su hija.

Leo estas palabras de Isaiah Berlin, citadas por Ramón Andrés en su último libro, Pensar y no caer:
Si pertenezco a una clase que avanza hacia la victoria, tendré una serie de creencias realistas, pues no me da miedo lo que veo; si avanzo con la marea, el conocimiento de la verdad solo puede darme confianza; si pertenezco a una clase condenada, mi incapacidad para contemplar los hechos fatales (pues pocos hombres son capaces de admitir que están condenados a perecer) tergiversará mis cálculos y me volveré sordo y ciego a verdades demasiado dolorosas para aceptarlas.
(El fuste torcido de la humanidad)

07 diciembre, 2016

El jazz en los huesos, o los auténticos «teddy boys». Una subcultura del Moscú de los 50


Los soldados que volvían del frente llevaban consigo discos, películas, ropa. Así, los rusos, que durante décadas habían vivido en el aislamiento, se topaban de pronto con la estética animada y emocionante de Occidente. Y les encantaba. Sin embargo, con el inicio de la Guerra Fría el estilo de vida «americano» volvió a ser nocivo e indeseable, y quienes, a pesar de las prohibiciones –formales que no oficiales– escuchaban la música «mala», bailaban las «malas» danzas y vestían «inapropiadamente» se arriesgaban a duras represalias.

Sin embargo, hubo algunos jóvenes valientes (?), locos (?) o simplemente insensatos que, a pesar de toda prohibición, querían seguir aquel estilo de vida. Desde luego, la american way of life tuvo un significado especial en el Moscú de los años cincuenta. Creció una subcultura increíble, y los stilyagi se extendieron pronto desde Moscú a Leningrado y, en seguida, a casi todas las ciudades importantes. Desde finales de los años cuarenta hasta los sesenta, disfrutaron de su existencia en grupos mayores o menores. Al principio no sonaba peligroso, pero todo ocurría en el período más negro del terror estalinista y en un territorio, la Unión Soviética, notable por su no precisamente amplia oferta de bienes.


Como no se podía salir al extranjero y no se tenía acceso a nuevos materiales visuales, ni de ningún tipo, construyeron sus Estados Unidos a partir de lo que guardaban desde tiempos de la guerra. Transformaban la ropa traída a casa por los soldados y veían una y otra vez las pocas películas americanas que tenían a mano. La película clave –principalmente debido a su música– fue Sun Valley Serenade (en español: Tú serás mi marido, 1941). Y con ella elaboraron la imagen del atuendo que debían vestir. De ahí, por ejemplo el fetichismo de las sudaderas con ciervo. El tren que ilustra la canción Chattanooga Choo Choo ganó un significado mágico-simbólico. Todo esto les permitía volar desde la pedestre realidad soviética a una Súper-América imaginaria. Y, por supuesto, todo el mundo escuchaba jazz. Dado que no había grabaciones decentes disponibles, recurrieron a un procedimiento también conocido por los jóvenes húngaros de los años cincuenta (al menos así lo hemos visto en la película Nap utcai fiúk, «Los chicos de la calle del sol»): copiar la música sobre placas usadas de rayos X. Por tal razón llamaron a estos discos jazz en los huesos (джаз на костях), o también el esqueleto de la abuelita. Esta historia algo macabra la contó hace apenas unos meses el libro ilustrado de Stephen Coates, X-Ray Audio: The Strange Story of Soviet Music on the Bone.

La melodía que abre el breve documental no es jazz, sino la famosa canción de los gangsters de Odesa,
Murkade la que ya hablamos en otra entrada

También se desarrolló una jerga peculiar, cuyo léxico básico mezclaba inglés y ruso. Se llamaban entre sí chuvak, un acrónimo que viene a significar «adorador de la alta cultura americana» (Человек Уважающий Высокую Американскую Культуру). Por la noche paseaban por su Main Street, a la que llamaban Broadway, en realidad la calle Gorky de Moscú, iban al apartamento o «hata» de alguno de ellos y allí bailaban según creían haber visto en las películas. Desarrollaron tres tipos de boogie-woogie: «atómico», «canadiense» y «triple hamburger». Lamentablemente no sabemos con exactitud cómo eran, sólo que hamburger era el modo lento.


No hay ninguna subcultura sin distribuidores que la abastezcan, y en Moscú aparecieron los fartsovshchiks que iban a proveer esta peculiar demanda. Tenían buenos contactos, habilidades lingüísticas y una pericia innata para sortear las trampas policiales. Traficaban con lazos (silyotki de colores), sombreros, ropa, zapatos, discos, instrumentos musicales. A finales de los sesenta, los stilyagi fueron reemplazados por hippies y otras subculturas. Sin embargo, los fartsovshchiki permanecieron, sólo cambió su perfil. En aquella economía soviética de subsistencia no era difícil vender productos importados de Occidente, como cualquiera con una beca, trabajo temporal, o una simple visita a la Unión Soviética podía comprobar.

Entrevistas con antiguos stilyagi y fartsovshchiki

Aparte de las fiestas y las compras secretas, a los stilyagi les preocupaba sobre todo la guerra contra los komsomolki, especializados en enfrentarse a ellos. De hecho, el término stilyaga fue acuñado por un humorista a sueldo del estado, un tal Belyaev, en el número de marzo de 1949 del semanario satírico Krokodil, desde el cual se difundió rápidamente. Por supuesto, trataba despectivamente a estas figuras divertidas, como ridículas, desaliñadas, ignorantes de las reglas básicas de la vida social, y por lo tanto no es de extrañar que el joven pueblo soviético se burlara de ellos. En cuanto a los propios stilyagi, se llamaban a sí mismos statniki, pertenecientes a los Estados Unidos. Con el tiempo, como suele ocurrir, el término que había comenzado su carrera como palabra risible, se convirtió en el nombre oficial de la subcultura y aceptado por todos. La severa mujer komsomolka, por ejemplo, podía echar en cara al stilyaga: Я не лягу под стилягу! (en traducción libre: ¡yo no me acuesto con un muñeco de peluche!)

Cartel soviético: ¡El stilyaga es un agente de Ocidente!

“Hoy tocas jazz, mañana traicionas a la patria!”

Buena parte de esto habría quedado en el olvido de no ser por Aleksey Kozlov, quien en su autobiografía de 2001 contó cómo se había convertido en saxofonista, cómo fundó su legendaria banda de jazz-rock, Arsenal, y cómo todo aquello estaba vinculado a la historia de los stilyagi moscovitas. Más tarde, en 2008, basándose parcialmente en las historias de Kozlov y añadiendo de su propia cosecha, Valery Todorovsky dirigió una película titulada Stilyagi (Hipsters, en la versión inglesa). Todos los detalles de la película se basan en hechos reales pero, debido a un desenfoque básico, el conjunto no puede considerarse como un documento auténtico: el mundo musical de la película se centra en la era dorada del rock ruso de los ochenta. En definitiva, puede que no fuera auténtico pero sí muy atractivo, y con él comenzó el frenesí del revival stilyaga / teddy boy hoy todavía apreciable en Rusia.

El 29 de noviembre inauguramos el Cineclub del Río Wang con la película StilyagiVadim Kemény presentará cada mes una gran película rusa producida en los últimos años y  prácticamente desconocida en Occidente. Más detalles e inscripción en nuestro Facebook.

Valerij Barykin raja

02 diciembre, 2016

Disolución: Ausencias

Georges de La Tour. Magdalena Terf, 1642-1644. Museo del Louvre, París.

Edward Hopper, Habitación de Hotel, 1931. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.

29 noviembre, 2016

«Templos judíos». Las reliquias de una edad de oro


La Ley de Emancipación de 1867 –que hoy hace ciento cuarenta y nueve años fue unánimemente aprobada por el parlamento húngaro– abrió el camino para el ascenso social de los judíos de este país. Al mismo tiempo, el Compromiso Austro-Húngaro tuvo como consecuencia un boom económico nunca antes visto para todo el país. La burguesía judía tenía así todos los motivos para pensar que Canaán ya está aquí (como dijo, en otro contexto, el gran poeta contemporáneo Sándor Petőfi).

Este sentimiento, este orgullo y confianza en la emancipación social y económica, se hizo visible en las grandes sinagogas erigidas a finales del siglo. Tamás Halbrohr, superior emérito de la sinagoga de Szabadka/Subotica, cita las palabras de sus constructores, «no construimos sinagogas, sino templos judíos», centros sagrados en pie de igualdad con las iglesias cristianas, cuyo diseño representativo y soluciones arquitectónicas también recuerdan el Templo de Jerusalén y la edad de oro que se asocia a él. Tales fueron las grandes sinagogas de las ciudades más importantes, Budapest, Pozsony/Bratislava, Nagyvárad/Oradea, Szeged, cuyo estilo historicista, y a menudo orientalista, hace referencia a la milenaria historia judía. O las impresionantes sinagogas de la grande llanura húngara, Hódmezővásárhely, y sobre todo Szabadka/Subotica, que utilizaron los motivos del «Art Nouveau húngaro» ideado por los arquitectos de Budapest para expresar su identificación con la nación húngara.


Recorrimos estos magníficos templos judíos a lo largo del pasado año con el equipo de rodaje de Eti Peleg. En cada uno conversamos con historiadores del arte, arquitectos, historiadores locales, miembros de las propias comunidades, para rescatar así las intenciones de aquellos constructores y comisionados únicos, y evocar juntos el espíritu de la época formulado en los edificios. El espíritu de una época que, de no estar mediado retrospectivamente y sin remedio por el prisma de la tragedia de medio siglo después, podríamos considerar en verdad como la edad de oro de los judíos húngaros.

La película ya está lista. Ahora buscamos distribuidores. Mientras tanto, ofrecemos aquí este breve resumen. Y, una vez más, damos las gracias a todos aquellos que nos ayudaron en su preparación.


06 noviembre, 2016

1927. Un dadaísta mallorquín desconocido

Esta postal sin imagen asocia, sin embargo, dos. La de la famosa Camisería Comas, del Paseo de Gracia de Barcelona, obra del arquitecto Enric Sagnier; y la de las Cuevas de Artá al noreste de Mallorca.

La hemos encontrado por azar y suponemos que el destinatario es Lluís Amorós i Amorós (Artà 1905 - Barcelona 1972), conocido abogado y arqueólogo mallorquín que intervino en numerosas excavaciones y fue miembro notable de la Sociedad Arqueológica Luliana. Pero ignoramos quién sería el remitente –paisano del pueblo de Artà– oculto por la firma indescifrable. Como poeta –ni aun dadaísta– no parece que fuera a tener gran futuro; aunque, quién sabe. Esperemos que algún lector nos ilumine.

Querido Luis: ¿qué tiene que ver la Camisería Comas de Barcelona con las vistas de las Cuevas de Artá?
Ante tu incongruencia, en vez de las vistas me veo obligado a enviarte la siguiente composición dadaísta, del libro próximo a publicarse titulado «Jascio [?] Puerperal».
Agárrate y lee:
Laguna Estigia
– · –
Acordes supralaríngeos
         Verdes campanas
Tardes macilentas
        Orugas concubinas
Radios de moto
        Motores de areoplano [sic]
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Ay, mi amada!
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
        ¡¡¡ Fuegos fatuos !!!
Te abraza (si sobrevives a la lectura) tu afecº
???

01 noviembre, 2016

Disolución: Dominio de sí


Otho Vaenius. Theatro moral de la vida humana, «Solo es rico quien nada desea»
(Amberes, 1701, f. 83)

Los apetitos huella
el fuerte vencedor de sus passiones,
y constante atropella
coronas, dignidades y blasones.
Y en señal de victoria
recibe de Virtud corona y gloria.


Ramón Massats. Sanfermines, Pamplona, 1957.


21 septiembre, 2016

Disolución: «Icaro cadde qui...»


Peter Paul Rubens. La caída de Ícaro

Kerry Skarbakka. Fotografía de la serie Struggle

Pace non trovo, e ho da far guerra;
e temo, e spero, ed ardo, e son' un ghiaccio,
e volo sopra 'l cielo, e giaccio in terra;
e nulla stringo, e tutto 'l mondo abbraccio. 
 Francesco Petrarca, Canzoniere

18 septiembre, 2016

Sense límits no hi ha futur

Especialmente al acabar el verano, cada año, todos los años, llegan a octubre desmoralizadas. Da igual quién gobierne el archipiélago, las Islas Baleares entran en el otoño exhaustas, degradadas física y moralmente, con los recursos naturales sobrepasados y mirando al futuro con miedo y sin ningún indicio de mejora. Es tan largo como nuestra memoria el registro de la destrucción y del embrutecimiento de una tierra que amamos. A este registro los hoteleros, los constructores, los responsables del aeropuerto –y tras ellos todos los políticos– lo aclaman enarbolando el récord, otro récord, un año más, de turistas, de aviones, de cruceros cada vez más gordos. Hace ya tiempo que no puede soportarse pero los pocos que ganan ahondando la herida han sabido siempre maniatar a quienes podrían evitar el desastre.


Hoy queremos sumarnos a esta nueva iniciativa y trasladaros nuestra preocupación. Podríamos escribir mucho sobre el daño producido, sobre lo que es irreversible y lo que todavía queda por destruir. Pero si el desánimo, como el otoño, se nos viene encima, también nos ilusiona comprobar que no nos rendimos. Así, nos parece más necesario que nunca firmar este manifiesto invitando a quien quiera acompañarnos.


Sin límites no hay futuro

La masificación turística y el exceso de construcción están devorando Baleares día a día. El ritmo de destrucción del territorio, del paisaje y de nuestro propio hogar es extraordinario. Muchos de los ecosistemas que han sostenido la vida durante siglos se están transformando en manchas urbanas. Esta expansión convierte paisajes vivos y lugares hermosos con una historia rica y antigua en espacios sin alma. Este proceso urbanizador se hace sin tener en cuenta los recursos naturales, la orografía, la escala local, los núcleos históricos o la cultura preexistente.

Se calcula que en las Islas Baleares se ha urbanizado más de una hectárea de tierra al día en las últimas 6 décadas. El proceso continúa implacable, empujado por una economía de demanda infinita que no prevé límites. De hecho, si las Islas Baleares fueran el planeta, necesitaríamos 7 planetas más para sostener el nivel de consumo actual. Por ello podemos decir que batimos todos los récords negativos: de masificación, de consumo de agua y energía, de producción de residuos, de coches de alquiler, de emisiones contaminantes, etc. En 2016 sufrimos la presión humana más elevada de la historia y se prevé que siga creciendo en los próximos años, amparada por una planificación urbanística que permite superar los 3’7 millones de plazas. Este horizonte es sencillamente no asumible. Los récords turísticos no revierten actualmente en una mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la gente. El precio de las viviendas, los alquileres y ciertos productos básicos suben y suben, mientras los sueldos, la renta familiar y los derechos laborales bajan. La juventud no tiene futuro aquí si no es para trabajar en el hotel o en la obra. El negocio se hace aquí, sí, pero nos arruina ecológicamente y nos empobrece. Además, cada día nos vemos más extraños en nuestra propia tierra. ¿Quién de nosotros no ha evitado ir a un lugar de la orilla del mar o de su propio pueblo porque sabe que está masificado y explotado hasta el abuso? Todo ello está generando graves problemas de convivencia entre residentes y turistas, y todos salimos perdiendo.


Este modelo también favorece la corrupción, la dependencia exterior y una escasez de agua nunca vista. La agricultura isleña, productora de alimentos de calidad y que mantiene paisajes singulares, retrocede cada día. Fuera de las poblaciones, las piscinas sustituyen a los árboles, mientras el mar y la orilla del mar se privatizan y ensucian. Por otra parte, los espacios naturales que hemos salvado sufren la masificación y no disponen de recursos suficientes para mantenerse en buen estado.

Miles de isleños nos hemos movilizado durante décadas para reivindicar una manera de vivir digna que no implique destrozar el territorio. Se han conseguido grandes victorias y se han salvado decenas de lugares amenazados. Ahora, sin embargo, lo que está en riesgo es todo, y el tiempo juega contra nosotros: es necesaria una acción decidida en defensa de las islas, de todo el territorio.

Y es por eso que hacemos esta llamada. Reclamamos una respuesta a la altura de la crisis social y ecológica que vivimos. Exigimos que se frene la ocupación exagerada de territorio que pretende únicamente crear más y más plazas, y que se renuncie a construir infraestructuras que alimentan el crecimiento basado en el petróleo. Queremos conservar el paisaje, por eso hay que proteger el litoral y el campo de manera definitiva. Pedimos frenar nuevos puertos y aeropuertos, campos de golf y polo, abandonar los proyectos para hacer autopistas y grandes tendidos eléctricos, y optar por un modelo de movilidad racional.


Queremos democracia y bienestar social, poner las instituciones al servicio de los intereses del 99% de las personas, que se impulsen programas de vivienda digna a precio razonable y que se apoye a las alternativas económicas al margen del turismo. Estamos indignados de oír palabras vacías mientras vamos hacia el colapso ecológico y social. Pedimos planificación, no queremos correr siempre a atender emergencias ambientales y situaciones de sobreexplotación.

Queremos avanzar hacia la sostenibilidad, conscientes de que solamente se conseguirá reduciendo los futuros crecimientos residenciales y turísticos. Reclamamos al Gobierno y a los Consejos medidas de verdad y un cambio de ritmo en las políticas que afectan al territorio. Nosotros, ciudadanos de estas islas, exigimos coraje a nuestros gobernantes, medidas concretas y compromiso con los intereses generales. Queremos tener la esperanza de un futuro mejor, y esto únicamente será posible con decisión. No queremos esperar más, no podemos esperar más. Sabemos que es posible y que ahora es la hora, porque si no hay límites, tampoco hay futuro.

   Randa, 10 de septiembre 2016



16 septiembre, 2016

Disolución: la casa

Escucho los ruidos nocturnos de mi infancia,
el golpeteo de una ventana mal cerrada,
un escalón que cruje, en la subida
hacia el desván, pisadas y cuchicheos
que imaginabas, y tu corazón ampliaba esos sonidos,
y ahora te aterran, porque
ya no entra mamá con su palmatoria,
y se hacían la luz y la alegría.
Mas la esperas, no obstante.
   –José Jiménez Lozano, «La pesadilla», de Los retales del tiempo, 2015–


¿Que después de esta vida tengamos que despertarnos un día aquí
al estruendo terrible de trompetas y clarines?
Perdona, Dios, pero me consuelo
pensando que el principio de nuestra resurrección, la de todos los difuntos,
la anunciará el simple canto de un gallo [...]
Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento [...]
la primera en levantarse será mamá [...] la oiremos
encender silenciosamente el fuego,
poner silenciosamente el agua sobre el fogón
y coger con sigilo del armario el molinillo de café.
Estaremos de nuevo en casa.
   –Vladimir Holan, «Resurrección», de Dolor, 1965–

17 agosto, 2016

El sepulcro de Pletón


Retrato de Gemisto Pletón en Benozzo Gozzoli, Viaje de los Magos (Florencia, Palazzo Medici Riccardi, 1459-1461)
La catedral inacabada del excomulgado condottiere, Sigismondo Pandolfo Malatesta, en la ciudad de Rímini, esconde una curiosa inscripcion. De hecho, no la esconde, digamos que más bien la exhibe discretamente en su exterior, en un sarcófago dispuesto en la tercera ventana a la derecha de la nave. Desde 1466 está allí, medio a la intemperie, el cadáver de uno de los últimos grandes filosófos neoplatónicos griegos, Georgios Gemistos Pletón. Prueba su grandeza el que, como recordó Marsilio Ficino, fuera él quien inspiró la creación de la Academia Florentina y, en consecuencia, de manera simbólica, fundara todo el humanismo renacentista italiano:
«En el Sínodo de Florencia, organizado con participación de griegos y latinos, Cosimo de' Medici escuchó a menudo a un filósofo griego llamado Gemisto Pletón explicar los misterios platónicos. Sus inspiradas lecciones le provocaron tan fuerte impresión que por entonces concibió la idea de crear una Academia».
El cadáver de Pletón fue robado el año 1466 de su tumba en el Peloponeso, en la ciudad de Mystras –caída en manos turcas–, por sus antiguos discípulos con ayuda de unos mercenarios venecianos a las órdenes de Malatesta, y conducido a Rimini «para que nuestro gran maestro descanse entre gente libre», y para autorizar con su presencia la fuerte iconografía pagana neoplatónica de la iglesia de Malatesta. La inscripción del sarcófago plantea un interesante problema histórico y geográfico: desde cuándo Bizancio se llamó Bizancio.


La pregunta podría parecer trivial de entrada. Vale la pena revisar el origen del nombre.

El Imperio «bizantino» en realidad nunca vivió bajo tal denominación, que nace y se usa exclusivamente en la historiografía. El término fue acuñado cerca de un siglo después de la caída del Imperio Romano –como era realmente llamado– por un historiador humanista germano, Hieronymus Wolf.

Wolf aprendió griego de modo autodidacta. En 1549 publicó la primera traducción de los discursos de Demóstenes. Desde 1551 trabajó en la biblioteca Fugger de Augsburgo, donde catalogó los manuscritos medievales griegos llegados desde Venecia. En 1557 publicó su trabajo principal, el Corpus Historiae Byzantinae, compilado a partir de las fuentes griegas de la biblioteca de Augsburgo. Con él, inadvertidamente, reescribió la historia del mundo. Cuando a principios del s. XVII Luis XIV de Francia encargó una similar compilación de las fuentes supervivientes de la historia de Constantinopla, tuvieron que basarse, obviamente, en el trabajo de Wolf. De este modo, Phillippe Labbé, el jesuita responsable del proyecto, ni se molestó en buscar un título alternativo para sus colección de 34 volúmenes: Corpus Scriptorum Historiae Byzantinae. Los estudiosos dedicados a las postrimerías del Imperio Romano, al centrarse en Constantinopla, todos asumieron esta terminología (p.e. Corpus Scriptorum Historiae Byzantinae, Bonn 1822-1897). El adjetivo «bizantino» que durante la Ilustración se extendio por todo el mundo, especialemnte gracias a los escritos de Montesquieu, ya fue imposible de despegar del (último) Imperio Romano. Y el adjetivo iba también cargado de connotaciones explícitamente negativas deducidas de las supuestas características del aparato de poder: intrigas cortesanas, burocracia compleja, ceremonialismo sobrecargado e incomprensible y diplomacia fraudulenta.

El Emperador Constantino I entrega la ciudad a Cristo y la Virgen María. Mosaico, Hagia Sophia, ca. 1000

El carácter problemático del adjetivo «bizantino» puede verse en estos tres ejemplos:

¿Un país? — Un estado llamado «Bizancio» o un «Imperio Bizantino» no han existido nunca en la historia real del mundo. Si alguien hubiera usado tal término entre los siglos VI y XV, nadie le habría entendido. El nombre oficial del estado centralizado en Constantinopla y de lengua griega era Βασιλεία τῶν Ῥωμαίων (Basileia tōn Rōmaiōn), es decir, Roma en su fase final. Sus ciudadanos se autodenominaban romanos aun siendo conscientes de su herencia helenística. En la historia no se marcan cesuras tan tajantes como la de una fecha a partir de la cual Roma devino Bizancio. La raíz del problema es que con la coronación de Carlomagno el Imperio romano ganó un contendiente que buscaba fortalecer su propia legitimidad. Para ello buscó despojar al Imperio de su carácter romano, llamándolo Grecia, o Imperio de Constantinopla, pero nunca Bizancio. Este empeño adquirió carta de naturaleza con el Sacro Imperio Romano (Germánico) de Otón I, pero no obtuvo su victoria definitiva hasta que el auténtico Imperio Romano fue engullido por la marea turca. Cuando Wolf entró en escena ya no quedaba nadie que fuera a protestar contra el apelativo «bizantino».

Mapa de Constantinopla (1422). Es el mapa más antiguo que se conserva de la ciudad, y el único
anterior a la conquista por los turcos

¿Una ciudad? — La ciudad de Bizancio existió, en el sitio de Constantinopla, la moderna Estambul, sobre el promontorio que toca la bahía del Cuerno de Oro y el Mar de Mármara, frente a Calcedonia, la «ciudad de los ciegos», que no se percató de que aquella costa opuesta era mucho mejor para instalar una ciudad. La fundaron colonos de Megara a las órdenes de su caudillo Byzas, a la altura de lo que luego se conocería como «la primera colina». En el 330 el emperador Constantino rehizo por completo bajo patrones romanos el primitivo asentamiento, que pasó a llamarse Constantinopla, o Nueva o Segunda Roma. No podía de este modo asociarse con el Imperio Romano (Oriental) pues la historia de aquella ciudad de Bizancio acabó en el momento en que éste nació con la fundación de Constantinopla..

El animal heráldico de la dinastía de los Paleólogos, el águila bicéfala

¿Un personaje famoso? — Hasta la Navidad del año 800, aparte de unos pocos autoproclamados emperadores, nadie cuestionó que el Emperador romano gobernaba desde Constantinopla. Incluso los papas de Roma reconocieron su supremacía hasta finales del s. VIII, acuñaron moneda según el modelo de Constantinopla y fecharon sus documentos siguiendo los años de sus emperadores hasta 781/782. Una vez que el papa León III coronó a Carlomagno en Roma, tuvieron que definir un nuevo título porque, a pesar de que por entonces el Imperio Romano Oriental estaba regido momentáneamente por una mujer, nadie pensaba que Carlomagno fuera a desplazase hasta Constantinopla para gobernar desde allí todo el Imperio Romano. Entre 800 y 1461 los títulos de Emperador del Imperio Romano Oriental y Occidental convivieron en paralelo. Y en este periodo fueron los emperadores occidentales quienes se sintieron más proclives a ostentar la «romanidad» de su cetro. En consecuencia, llamaban «griegos» a los emperadores de Constantinopla, que desde Heraclio dejaron de usar el título de «augustus» para adoptar el griego «basileus». El idioma oficial del imperio era el griego pero el estado mismo, sus gobernantes y su organización eran los sucesores legítimos del Imperio Romano. Por esta razón nada sentían en Constantinopla como mayor insulto diplomático que oírse nombrar «imperio –o emperador– griego». Liutprando de Cremona, legado del Sacro Emperador Romano Otón, cuenta cómo recibían a quienes llegaban con cartas dirigidas de este tenor:.
Los griegos reñían al mar y maldecían el océano, y se mostraban vivamente extrañados de que las olas no se hubieran abierto para engullir el barco en el que un monstruo tal viajaba. «Un extranjero», gritaban, «un mendigo romano se atreve a llamar al único, grande y majestuoso emperador romano, Nicéforo,  "¡emperador de los griegos!" ¿Qué debemos hacer con estas gentes sacrílegas, y perdidas? Son pobres gusanos; si los matamos, contaminaremos nuestras manos con sangre vil.» Y así, encerraron a los emisarios papales en prisión y remitieron la carta pecaminosa a Nicéforo en Mesopotamia……
Pero qué tiene todo esto que ver con la inscripción del sepulcro de Pletón.

El epitafio de Rímini llama al filósofo «bizantino»:


IEMISTII•BIZANTII•PHILOSOPHOR[um]•SVA•TEMP[ore]•PRINCIPIS•RELIQVVM•
SIGISMVNDVS•PANDVLFVS•MAL[atesta]•PAN[dulfi]•F[ilius]•BELLI•PELOP[onnesiaci]•ADVERSVS•TVRCOR[um]•
REGEM•IMP[erator]•OB•INGENTEM•ERVDITORVM•QVO•FLAGRAT•AMOREM•
HVC•AFFERENDVM•INTROQVE•MITtENDVM•CVRAVIT•MCCCCLXV•
Los restos mortales del bizantino Gemisto Pletón, el más grande filósofo de su tiempo, fueron traídos hasta aquí por Sigismondo Pandolfo Malatesta, hijo de Pandolfo, comandante de la guerra peloponesa emprendida contra el imperio de los turcos, y, inspirado por su ardiente amor hacia las personas sabias, los depositó aquí en 1465.
Aparte de Gemisto Pletón hubo más gentes «bizantinas» conocidas. Por ejemplo, el astrónomo Epígenes de Bizancio, que vivió hacia el año 200 y, por tanto, realmente era de la ciudad de Bizancio. Lo mismo ocurre con su contemporáneo, el lingüista Aristófanes, que también fue un auténtico «bizantino». En situación algo más confusa está Esteban de Bizancio, lexicógrafo griego conocido por su obra geográfica Ethnica, sobre la antigua Grecia. En sus obras publicadas en Europa su nombre se escribió solo como «Stephanus» hasta 1678, en la edición de Amsterdam. En la edición de Leiden de 1688 ya se le nombra como «Esteban de Bizancio». Es decir, fue sencillamente rebautizado en algún momento del último tercio del s. XVII.

Si asumimos que la inscripción del sarcófago no se hizo después de la obra de Wolf de 1557 (y el tallador estaba al tanto de las últimas investigaciones científicas), tendremos que admitir también que el término «bizantino» ya existía antes de 1557 como otro de los típicos hiperclasicismos renacentistas (como Istrópolis en lugar de Posonium), pero aplicado exclusivamente a la ciudad, no al estado. Wolf probablemente estuvo al tanto de este uso, y mientras trataba de marcar un corte entre la literatura y las fuentes griegas antiguas y medievales, adoptó el término «bizantino» que luego se extendería, gracias a su obra, para designar a todo el Imperio Romano con centro en Constantinopla.

Bizancio, como aquel genio del cuento, salió volando escapado de la lámpara de Wolf, y es improbable que podamos comprimirlo de nuevo allí dentro. Hoy en día, si alguien habla del Imperio Romano en relación con el período entre los siglos VI y XV, sorprende a sus oyentes tanto como si aplicara el término Imperio Bizantino en aquellos mismos siglos.

Piero della Francesca: Bautismo de Cristo, 1448-1450 (Londres, National Gallery). Según Carlo Ginzburg y otros historiadores del arte, las figuras ataviadas de manera exótica al fondo son teólogos ortodoxos orientales que están discutiendo el tema central del Sínodo de Florencia (1439-1442), el Filioque, es decir, la relación entre las personas de la Trinidad. Por lo tanto, después de muchos siglos, son las primeras figuras bizantinas representadas en el arte occidental, y hay una buena probabilidad de que Gemisto Pletón se encontrara entre ellos